
Domingo por la mañana. La ciudad comienza a reponerse de su bacanal nocturno. Adentro en la gran catedral el sumo sacerdote santifica el nuevo día con un sermón inquisidor, las señoras de bien con sus collares y trajes de Junín cumplen al pie de la letra la penitencia. Afuera las aceras son cama para aquellos que se las arreglan con la resaca, las prostitutas dibujan sus labios de rojo rubí en el espejo que guardan en sus pechos, los músicos afinan su voz aguardentosa, y los exiliados bajan de la montaña en romería a resguardar sus sombras del atardecer de plomo. Son dos ciudades las que se levantan ante los ojos del libertador de bronce, bella es Medellín con sus eternas contradicciones, son sus calles paso de procesiones aromatizadas con aguardiente. Una mujer retrataría esa sórdida belleza, la eterna primavera de flores secas. Con gran valor plasmo su vida sabiendo las consecuencias que ese pincel iracundo traería.